El alba
En el taller nos dieron tres títulos, el segundo era el alba
Se conocieron en distintos momentos de sus vidas. Ella era mucho mayor que él y había vivido aventuras entre muchas amistades. Él había descubierto muy temprano la soledad y la había integrado a su vida al punto de sentirla casi como una parte indispensable de sí. A ella le había gustado la ternura que había en las ideas de él y a él no le había gustado nada de ella, no tanto por ella sino porque no encajaba en su orden. Ella se acercaba y le preguntaba por esas cosas que decía él con cierta altanería en el taller que compartían, por sus inspiraciones y sus referencias. Luego él escuchaba esas teorías que ella elaboraba basadas en experiencias que nada tenían que ver con el ambiente que los reunió.
A ella en verdad no le interesaban las cosas que él había dicho, ella quería escuchar las cosas que él no decía, ella quería ganarse esas cosas no dichas. Él no la escuchaba a ella y repetía las mismas cosas que había dicho creyendo que la habían fascinado, que eran geniales, temiendo en el fondo deslucirse con algún pensamiento improvisado. Cuando ella notaba que él divagaba sin rumbo, ella comenzaba a ser críptica y observarle para ponerle nervioso. Un día necesito decirle y, en un momento que se llevaba un bizcocho dulce a la boca, dejó que sus ojos se perdieran entre las líneas del mate y se lo dijo más o menos como “No quiero escuchar lo mismo que decís adelante de todos, te quiero a vos”. Cuando ella terminaba de masticar el crocante bizcocho levantó la vista y encontró la de él perdida, sus labios se habían cerrado y sus mejillas estaban flácidas como una máscara mal colocada.
Ningunx recordó nada más de ese momento salvo el fuego en el centro del beso nacido en las entrañas un abrazo tenaz cuyo origen era misterioso. Él le contaba historias que escribiría y ella lo introducía a él en sus propias aventuras. Él conoció a mucha gente y descubrió cómo darse a conocer. Ella recordó personajes nacidos en su mente hacía tanto tiempo y puso en marcha la maquinaria que los traería a la vida. El cielo estrellado era el hogar en que se encontraban. Él leía los relatos que ella le traía y ella lo llevaba a nuevos ambientes donde lo recibían cálidamente.
Entre ellos comenzó a brillar una luz cálida que les comunicaba una paz como no habían conocido hasta entonces. Las estrellas se diluyeron en esa luz. Las calles revelaban sus texturas y colores. El mundo se empezaba a mostrar con la amplia diversidad que le era propia. Ellxs la vieron con claridad. Juntxs la vieron. Simultaneamente entendieron. Se miraron con sus frentes juntas y sonrieron a la vez. Por un instante ambxs se vieron atrapadxs por un deseo irresistible. Ambxs pensaron tan fuerte en la mejilla de lx otrx que empezaron a sentir un calor en la propia. Él besó la mejilla de ella, ella besó la mejilla de él. Imprimieron sus labios y templaron el ardor de la piel. Como hoja al rojo vivo, el sol cortó el frío aire de la noche, cada unx tuvo una lágrima inmuscuyéndose por la comisura de sus labios.
Comentarios
Publicar un comentario